viernes, 10 de octubre de 2025

hoy cociné los huevos revueltos que adorabas,

pero en la mesa tu sombra no estaba,

fueron sus labios los que probaron el sabor,

y en mi memoria está presente el dolor 

de todo lo que no fue, por falta de valor.


o tal vez no era valor lo que se necesitaba, 

se necesitaba claridad, 

se necesitaba que me veas por quien soy

y no como un reemplazo de un amor que te falló. 


anoche alguien más probó mis pizzas caseras,

esas que con vos quedaban en quimeras,

porque elegías la receta de tu mamá

o la pizza newyorkina que nunca fallaba

y que a tu corazón de alguna manera abrigaba. 


y ya no busco tus canciones al despertar,

ni miro el reloj esperando tu mensaje llegar,

pero a veces, sin querer, te pienso igual,

en cada rincón donde aprendí a atesorar 

esas cosas buenas que me dabas 

cuando ponías un poquito de voluntad. 


ya no busco esas flores amarillas que frecuentemente te regalaba, 

porque no te pertenecen, porque ahora no son nada, 

pero algún día van a recuperar lo que para mi significaban 

y las recibirá alguien más. 


por fin entendí que no todo lo que duele es amor,

que a veces el adiós es también salvación,

y aunque el eco de tu voz aún me acompaña,

ya no me pesa el silencio que dejó tu mañana, 

y no extraño en lo más mínimo esas peleas rutinarias

con distancias innecesarias.


quizás te sigo buscando en los gestos ajenos,

en las risas prestadas, en los abrazos buenos,

porque nadie sabe tocarme igual

y eso no sé si es algo que se pueda cambiar. 


los huevos revueltos, las flores amarillas 

y las pizzas que creo que me salen de maravilla,

 ya no te pertenecen, 

ahora son de alguien más.

martes, 7 de octubre de 2025

cuando comenzamos a vernos más seguido,
el tiempo empezó a pasar más rápido.

lo que antes me costaba mucho,
ahora costaba poco;
lo que antes era un esfuerzo,
ahora lo hacía sin ningún problema.

parecía que, a tu lado,
la vida valía la pena.

pero así como el tiempo comenzó a volar,
de a poco comenzó a pesar,
a estancarse,
a durar más de lo normal,
a quemar mi piel,
a dolerme en el pecho,
a secar mis manos,
a secarme por dentro,
a romper el silencio con llantos ahogados,
como fantasmas de besos olvidados.

cada mirada duraba un poco menos,
cada abrazo se sentía más vacío,
y entre el roce y el hastío,
comencé a perderme en tu lío.

y mientras todo se detenía,
comprendí lo que el tiempo escondía:
que desde el primer momento en que te vi,
ya me preparaba para el adiós que venía.

pero igual me quedé,
como quien sabe que se va a romper,
y aún así se lanza al abismo,
aunque sepa que va a morir en el intento.

quise aferrarme al instante,
como si el tiempo pudiera tener compasión;
pero el amor empezó a dolerme más que la distancia,
y no porque te haya perdido,
sino porque nunca te había tenido.

hoy querés que te vea,
que descubra quién sos,
pero yo ya sabía quién era,
ya entregué todo mi amor,
y aunque busques ahora mi alma entera,

me quebraste de tal manera que,
aunque quiera,
ya no queda nada,
nada que darte…
nada de mí.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Mi primer día con vos: Primavera


El aire estaba tibio, cargado de polen y la ciudad de Buenos Aires olía a comienzo.

Me desperté contento. 

Después de tanto tiempo tenía un motivo para reír de nuevo.

Todos los días, un mensaje al despertar.

Todos los días, esa rutina que me hace suspirar: el sueño perfecto de pertenecerle a alguien, de que sus ojos me busquen entre multitudes, incluso en la más profunda oscuridad.

Siento que todo cobra sentido en su presencia. 

Las mañanas se llenan de luz, las noches de promesas arden en un silencio que solo nosotros sabemos interpretar, el café huele a ella, las canciones erizan mi piel y cada pequeño gesto se convierte en recuerdos que jamás olvidaré.

Esta persona merece mi desvelo, todas las horas de mi reloj, que perfeccione una receta para que nunca olvide su sabor.

El destino me envió a ella por algo, como un latido que insiste en no callar y recordarme que esto es verdadero, que esto es diferente, que esto es para siempre, que acá me voy a quedar. 

Quiero cuidarte, quiero sanar tus heridas, llenar tus vacíos como espero que llenes los míos, quiero ganarme tu confianza para acompañarte toda la vida.

Llegué a mi puesto de flores al que voy siempre, con esa ansiedad de estrenar algo nuevo, como si los colores pudieran redibujar mi destino y crear algo eterno. 

Las vi: amarillas, brillantes, casi insolentes bajo la luz de la mañana.

Las elegí sin dudar, como tantas veces.

Y apenas las tuve en mis manos, escuché el murmullo, esa risa que se me clava en la nuca, esa voz que me atraviesa y mi mente estruja.


—¿de nuevo acá? —dijeron entre carcajadas.

—¿a quién vas a darnos esta vez? ¿qué nombre nuevo va a usarnos de excusa para tu ilusión? ¿quién va a romper esta vez tu pobre corazón?


Me mordí el labio, fingiendo no escuchar y apreté el ramo bien fuerte, como si pudiera callarlas, al mismo tiempo que intentaba estrangularlas.


—No va a ser igual —murmuré, convencido por un segundo.

—Ja… —bufaron—. Siempre decís lo mismo.

Nos vestís de esperanza, pero siempre terminamos como epitafio en el cementerio de Chacarita. 


El sol me daba de frente, pero sentí frío.

Seguí mi camino.

Entregué las flores, vi su sonrisa, tan llena de alegría, con hoyuelos que parecían poder calmar el caos que en mi interior vivía.

El beso del final hizo que valiera la pena escuchar el abucheo de las flores.

Ese día volví a ser canción.

Nos perdimos en acordes, musicalizando una historia de amor.

En realidad, yo me perdía en su voz, una melodía que parecía poder darme todo lo que siempre me faltó.




1 mes después: Verano


El calor pegaba fuerte contra las persianas bajas.

En su casa, el ventilador giraba lento, moviendo un aire espeso, cargado de sudor pero que ya no olía al perfume de sus besos, ni al de nuestros cuerpos.

Ya casi no tocábamos la guitarra.

Las canciones que antes nos envolvían ahora eran silencio, o, peor, ruidos de fondo que nadie quería escuchar.

Los planes llegaban como mandatos: salir a cenar, visitar amigos, sonreír en las fotos… igual nos dábamos la mano, más por costumbre que por gusto.

Ella estaba en el sillón, mirando el celular.

Reía de algo que no tenía mi nombre, y en esa risa sentí el filo invisible del desinterés.

Me levanté, buscando aire, intentando no enloquecer.

Mis ojos cayeron sobre el bouquet en agua sobre la mesa.

Me acerqué, atraído por un presentimiento.

El recipiente dorado que un día fue adorado, ahora era un pantano.

El agua ya no brillaba: era espesa, oscura, con un olor agrio, como de fruta podrida.

Lo que había sido sol en su ventana, ahora se inclinaba vencido, con bordes secos y tallos ablandecidos, sudando derrota bajo el calor pesado de Enero.

Entonces las escuché.

Esa carcajada que me eriza la piel, esa voz que sabe todo lo que temo, esa voz que me conoce mejor que yo mismo, que se burla de mis intentos de salvar lo que se pudre, que repite mis derrotas con un tono juguetón y cruel, que me recuerda que cada gesto, cada sonrisa, cada ilusión, es solo un reflejo efímero en un jarrón destinado a marchitarse.


—Mirá, mirá cómo nos cuidan —se burlaron, con voces agudas que me atravesaban la sien—.

Unos días de agua fresca, un rincón soleado… y después el olvido. 

Eso sos vos: entusiasmo breve, podredumbre segura.


Me acerqué, quise cambiar el agua, salvarlas de la muerte con un gesto tardío.

—Todavía puedo… —dije en voz baja. 

—No seas ridículo —escupió una de ellas—.

Aunque limpies el agua, el olor queda.

Aunque sonrías y finjas, la sombra del abandono no te va a dejar dormir ni en las noches más tranquilas. 


Me quedé quieto, con la transpiración pegándome la remera al cuerpo.

Detrás de mí, ella seguía riendo con la pantalla, y entendí que no era solo el verano el que me asfixiaba.

Las flores, reflejo de mí mismo, se marchitaban en un jarrón sucio, y yo también me pudría en la rutina. 

Me di cuenta que la habitación no olía a verano:

olía a otra derrota, al terror de lo inevitable, olía a dolor.

Después de enfrentar la podredumbre del jarrón y de sentir que las costumbres disfrazadas de amor me consumían, me quedé un instante en silencio, pensando en mis fracasos amorosos.

Aprendí, tal vez demasiado tarde, que no se puede salvar lo que no quiere ser salvado. Que cada intento que hago de llenar un vacío ajeno deja el mío más grande.

Y aun así, la vida seguía girando, insistente, implacable. 

Una nueva ilusión se acercaba, un nuevo rostro que traía consigo aromas distintos, hábitos distintos… y yo, como siempre, dispuesto a perderme de nuevo, por eso que tanto anhelo. 


Una nueva mujer — Otoño


El aire olía a hojas húmedas y a tierra mojada.

Caminaba por las veredas rotas de un barrio aledaño al mío, con un nuevo ramo amarillo en la mano, comprado, nuevamente, en mi florería de confianza, y mi pecho volvía a sentir una mezcla de emoción y vacío que esperaba con ansias ser llenado. 

Ella estaba adentro de la cafetería, esperándome con una sonrisa en su cara, con el cabello atado en un rodete alto pero medio desarreglado, su mirada buscaba la mía pero nuestros labios sonreían en otra sintonía.  

Intentaba sincronizarme con ella, como un tonto aprendiz de su mundo.

Las flores brillaban otra vez, como si ignoraran el destino que llevo grabado en mi piel, hasta que recordaron quién dirige este escenario… y el desprecio hacia mí comenzó otra vez.


—De nuevo el mismo teatro —dijeron con esa voz que retumba—.

¿Ya enterraste a la anterior? 

Tan rápido llenás el hueco, tan fácil cambiás de nombre, como si todo fuera un juego, ¿no? como si cada sonrisa pudiera tapar lo que dejás atrás. Creés que alguien va a salvarte de vos mismo, que el amor puede durar más que tus miedos pero siempre terminás igual: solo, buscando repetir la misma historia como si no supieras lo que va a pasar al final. ¿qué es lo que esperas encontrar afuera que no encontras en vos? 


Ignoré todo eso. Ni siquiera debería estar hablando con plantas... que demencia.

Me senté en el sillón donde ella hojeaba un libro que yo no entendía y empecé a adoptar sus hábitos: café con azúcar en exceso, series que odiaba, formas de hablar, maneras de reír, gestos que no eran míos, hasta su paso lento al caminar.

Era como si cada día me transformara en una copia, una sombra de ella, pidiendo a gritos que alguien finalmente me amara y no me dejara más.

Mi guitarra seguía guardada, como si tuviera que ocultarla, la música que antes nos unía ahora estaba olvidada. Pero yo no te olvido, no olvido tu voz, no me olvido de nada. No fuiste una más del montón, vos sí fuiste especial. Ahora estoy intentando curar lo que rompiste en mi. Pero te juro, fuiste y siempre vas a ser vos.

Hoy leo libros aburridos y finjo ser intelectual, te reirías de mi porque vos me conoces de verdad y sabes muy bien que los recuerdos del pasado, de lo que vivimos, de lo que soy, me hacen sentir fuera de lugar. 

Los acordes que componía a tu lado, se habían convertido en algo prohibido. 

Renuncié al cantautor en que me habías convertido para encajar en este nuevo estilo de vida.


—Nos vestís de sol, pero por dentro siempre somos lo mismo —decían las flores—. Un recordatorio de que tu corazón está podrido.


Y ahí estaba yo, con los ojos pegados a su espalda, olvidando mis ritmos, mis melodías, mis pensamientos, buscando en ella la razón para respirar, la excusa para existir un día más.

Y ellas, desde el jarrón, reían, burlándose de mi empeño, recordándome que todo sol que intento traer, termina en invierno. 


Punto final — Invierno


El invierno es cruel.

Trae un silencio que no consuela, un frío que se mete en los huesos y en la memoria.

Esta vez, las llamadas dejaron de sonar temprano. A ella le gustaba que mi voz fuera lo primero que escuchara. Ya no íbamos a librerías a buscar los libros que quería, ya no me contaba sus pesadillas, y ahora ella estaba lejos incluso estando cerca: ocupada con amigos, con su teléfono, con otros mundos donde yo no cabía.

Estaba en su casa, caminando de un lado a otro sin sentido, mirando cómo leía, con auriculares sobre sus orejas, ignorando mi existencia. Fue entonces que me acerqué a las flores, como por inercia y sin darme cuenta, mis dedos comenzaron a arrancar pétalos, uno tras otro, como cuando nos enamoramos de niños. 

Me quiere, no me quiere… me quiere, no me quiere…

Las voces de las flores se multiplicaban, agudas, burlonas, llenas de un odio paciente, esperando el momento perfecto para herirme conscientemente.


—Qué juego tan triste —decían—.

¿de verdad creés que un pétalo puede salvarte de lo que te rehusas a enfrentar? ¿que un gesto tan básico puede darle un motivo suficiente para quedarse a ocupar un lugar adentro tuyo que nunca se va a llenar?

Cada mujer que llega a tu vida es solo agua fresca en un jarrón podrido… que refleja tu propio rostro: un desperdicio de esperanza marchita.


El cuarto estaba helado.

La ventana empañada, con el viento pegando el frío del invierno en mis mejillas.

Cada respiración parecía durar siglos, como si el tiempo se burlara de mi incapacidad de soltar.

Y entonces, la sentencia que ya sabía de memoria: no son ellas las que se van. 

Soy yo el que las marchita, arruinando sus vidas.

Mi cuerpo seguía allí, pero mi mente vagaba por los recuerdos de besos que se convirtieron en rutina, de abrazos que se hicieron mecánicos, de música que ya no era música, de risas que dejaron de pertenecerme.

La tarde incómoda pasó a ser noche y lo que intentaba evitar con tantas fuerzas, sucedió: 

"no somos compatibles", me dijo sin rencor, como aceptando que solo fui un capítulo breve mientras yo soñaba con un "final feliz". 

Rogué, lloré, supliqué, pero, como siempre, la relación terminó: con un adiós frío, con el silencio de su puerta cerrándose, con el espacio vacío que me devolvía a los huecos de mi mente cuando no tengo a alguien para entretenerme.

Además de despedirse de mi, se despidió también de las flores y me demostró que, en realidad, nunca le importaron.

Me pidió que me lleve el jarrón, como si supiera que es un testigo silencioso de una condena repetitiva que debo cargar.

Me fui, no miré atrás porque no era tiempo de descanso.

Sabía que una nueva mujer llamaba desde otra esquina de mi vida, una nueva ilusión que traía su propio aroma, sus propios hábitos, su propio reflejo en el que perderme. 

Tengo tanto amor para dar que no puedo perder tiempo, no puedo esperar a sanar.

Las flores ya marrones me miraban, y susurraban, esta vez con un tono más cruel que nunca:


—Ahí vas otra vez, expectante de quien va a caer en tus brazos esta vez.

Ahí vas a repetir la historia que ya conocemos de memoria, pero nosotros estaremos acá, esperando que el próximo ramo se marchite, esperando que dejes que la ilusión, el amor, la esperanza, lo poco que te ata a este mundo, se evapore como lo hacen tus lágrimas fingidas... a ver, finalmente, te marchitas también.


Me quedé sentado en el sucio suelo de las calles de la ciudad, mirando las flores muertas, entendiendo que yo también era parte del agua podrida, como me decían cada vez que me veían; un pétalo más en un ciclo que por costumbre me niego a romper, en el verano que se repite, en el invierno que siempre llega para recordarme: que todo lo que toco, todo lo que amo, está condenado a marchitarse, y que tal vez yo también debo dejarme consumir, disolverme entre los restos de todo lo que alguna vez quise y ya no esperar otra estación llegar.

domingo, 7 de septiembre de 2025

a veces pienso que te veo
por las calles de una ciudad
que perdió su color al perderte a vos.

pero todo sigue,
el tiempo avanza sin pedir permiso,
y yo me quedo con la herida
de todo lo que no pudiste ver,
de los lugares que no pudiste conocer,
de los sueños que no cumpliste,
y del orgullo que sé que hubieras sentido
con cada pequeño logro
y hasta en los desafíos.

vos eras el puente que unía a la familia,
y ahora todo arde,
todo se quema,
se hace trizas.
solo quedamos dos,
recordándote desde el amor,
viviendo lo que te hubiera gustado vivir a vos.

quisiera haberte abrazado más,
haberte dicho mil veces
que tu esfuerzo nunca fue en vano,
que tu amor quedó sembrado.

ya no me culpo como lo hacía antes,
y ahora soy una versión más chiquita de vos,
pero prometo, todos los días,
heredar la fortaleza del hombre que me crió,
seguir teniendo tus valores,
tu corazón repleto de amor.

papá, aunque no estés,
te busco en mis pasos y sé que estás;
en las sonrisas que a veces se me escapan, sé que estás.
en la fuerza que encuentro cuando ya no me quedan ganas,
sé que sos el empujón que necesitaba,
diciéndome que puedo con todo y mucho más.

sábado, 6 de septiembre de 2025

 yo sabía que volverías 

porque un amor como el mío nunca se olvida,

yo sabía que volverías 

porque mis cuidados y mi cariño salvaban tus días.


sabía que volverías 

cuando entendieras que no hay abrazo que se parezca al que te ofrecía,

cuando el frío se colara en tus noches vacías,

cuando el ruido del mundo ya no te alcanzara 

y mi silencio fuera lo único que tu cuerpo anhelara. 


yo sabía que volverías 

cuando la soledad salara las cicatrices que mi ausencia dejaría

el día en que te diera la espalda y me prometiera que no volvería.


yo sabía que volverías 

porque fuiste quien partió 

pero fui yo quien sostuvo,

quien dio sin medida, 

quien puso el alma, aún rompiendose la mía.


y sí, volviste 

pidiendo perdón por no poder,

con palabras que solo saben doler,

con la nostalgia de un pasado que no vuelve a nacer.


volviste con culpas 

dudas y prisas 

con la sombra de lo que hiciste cenizas 

y la esperanza de hallar en mis brazos  

un refugio que un día fue tuyo pero,

después de tantas tormentas, 

para siempre quedó hecho trizas. 


pareciera que el tiempo no pasó 

porque seguís siendo vos 

la misma chica complicada que mi corazón rompió,

la que en un pestañeo se volvía distante,

la que no se esforzaba por entenderme

y que tan pocas veces supo quererme

y valorarme. 


aunque una parte de mi quiera volver, 

ya no voy a ser quien se abre en dos para sostener 

no voy a ser quien calla para no romper 

ni quien espera en una puerta vacía

las migajas del pobre amor que tenes para ofrecer.  


tuviste la oportunidad de ser querida

de la manera más tierna e inocente, 

de la manera más genuina y vehemente

pero hoy soy consciente de lo que haces con mi mente,

así que me elijo a mi y voy a ser yo quien no vuelve,

voy a ser yo quien cierra la entrada y sana su herida, 

voy a ser yo quien finalmente se cuida y salva su vida. 

martes, 19 de agosto de 2025

tus idas y vueltas me dejan sin suelo

me decís que me querés y después me das hielo 

cuando estamos lejos, me extraño a tu lado 

cuando estamos cerca, más daño me hago.


será una herida que dejaste y que intento cerrar con tu bien,

o simplemente no soy suficiente para ser parte de tu vaivén? 


se hace tarde y las cosas cambian 

tu humor es otro, ya pasó la mañana 

cancelamos los planes, nos quedamos en casa,

el silencio pesa más que cualquier amenaza. 


llega la noche y ponemos las cartas sobre la mesa,

me hablas del pasado, de lo que siempre regresa

y yo tragando tus penas disfrazadas de tristeza,

sirviendo de espejo a tu nostalgia indefensa.


te escucho en silencio, me muerdo la voz,

qué es lo que busco si al final pierdo yo?


esta vez no nos dormimos tarde,

no hablamos hasta el cansancio,

no hubo mimos en tus brazos,

ni caricias en nuestros labios.


hoy no quise despertarte,

ni ver lo que sobró del ayer,

tengo miedo a quedarme

donde ya no me sé reconocer.


hago tu café todas las mañanas que dormimos juntos

y después preparo huevos revueltos que te llevo al desayuno.

me esfuerzo en silencio aunque no lo ves,

ante tus ojos mi entrega no tiene validez. 


esta vez me quedé en el living,

no hice café para dos.

el humo de mi taza me recuerda lo que dijiste,

con crueldad, sin compasión:

que no tenemos piel, que no hay calor,

me pregunto si entre nosotros queda algún resplandor.


te acercaste a la puerta,

me pediste que vaya a la cama

que esté a tu lado

sin conversar,

con ojos cansados.


estuve escribiendo versos sin sentido,

vos terminaste la serie que antes habíamos compartido 

cuando todavía jurábamos que era infinito. 


sigo aquí sin saber la razón,

si es ego, costumbre o miedo a la desolación,

si quiero sanarme contigo o romper la prisión,

pero siempre me hundo en la misma contradicción.


por algún motivo, de nuevo nos alejamos,

y volvemos al mismo loop de tirones y abrazos,

de idas y regresos que nunca tienen un plazo.

esto es un juego de idas y agarres,

entre promesas, silencios y vacíos que me arrancan los mares.


aunque no te espero,

me duele aceptar

que nunca vas a volver,

y que yo no sé olvidar. 

martes, 12 de agosto de 2025

 Se está muriendo mi planta favorita,

y ya no sé qué hacer… puta, qué complicada es la vida.


Al principio, el pequeño esqueje en agua dejé,

para que sacara raíces fuertes, y entonces lo planté.


El proceso fue lento, frágil, enredado;

a veces aguantaba, a veces se notaba ahogado.


Parecía que el espacio nuevo lo sofocaba,

pero de alguna manera, igual se levantaba.


Sobrevivió, y yo seguí pendiente,

lo cuidaba con el alma, constantemente.


Le di agua medida, ni más ni menos,

con un poco de miedo, evitando los venenos,

como quien ama con límites ajenos.


Le daba sol, cuando lo necesitaba

y lo protegía de la sombra, cuando el frío llegaba.


Probé hablarle, cantarle bajito,

como si en mi voz encontrara algo bonito.


Y parecía que mi esfuerzo a buen puerto llegaba:

me atrevía a cambiar la tierra, la maceta, el suelo,

como si bastara con moverlo todo... 

y no sanar el duelo.


Pero cada vez que parecía mejorar,

algo pasaba... y volvía a enfermar.


Empezamos de cero, de nuevo, una vez más.


El tallo se inclinaba, las hojas se cerraban,

como si mis manos ya no le sirvieran,

ni siquiera en las noches más estrelladas...

aunque igual quería tenerlas cerca,

por si algún día las necesitaba.


La moví de lugar, le cambié la rutina.

todo lo hice con devoción,

como quien ama sin red, sin condición.


Y después de tanta jornada,

un día lo supe —y fue como una bofetada—:

todo mi amor no bastaba para nada.


Entonces...

¿qué voy a hacer con mi planta,

si no florece, si no me acepta,

pero tampoco me suelta ni me mata?