martes, 12 de agosto de 2025

 Se está muriendo mi planta favorita,

y ya no sé qué hacer… puta, qué complicada es la vida.


Al principio, el pequeño esqueje en agua dejé,

para que sacara raíces fuertes, y entonces lo planté.


El proceso fue lento, frágil, enredado;

a veces aguantaba, a veces se notaba ahogado.


Parecía que el espacio nuevo lo sofocaba,

pero de alguna manera, igual se levantaba.


Sobrevivió, y yo seguí pendiente,

lo cuidaba con el alma, constantemente.


Le di agua medida, ni más ni menos,

con un poco de miedo, evitando los venenos,

como quien ama con límites ajenos.


Le daba sol, cuando lo necesitaba

y lo protegía de la sombra, cuando el frío llegaba.


Probé hablarle, cantarle bajito,

como si en mi voz encontrara algo bonito.


Y parecía que mi esfuerzo a buen puerto llegaba:

me atrevía a cambiar la tierra, la maceta, el suelo,

como si bastara con moverlo todo... 

y no sanar el duelo.


Pero cada vez que parecía mejorar,

algo pasaba... y volvía a enfermar.


Empezamos de cero, de nuevo, una vez más.


El tallo se inclinaba, las hojas se cerraban,

como si mis manos ya no le sirvieran,

ni siquiera en las noches más estrelladas...

aunque igual quería tenerlas cerca,

por si algún día las necesitaba.


La moví de lugar, le cambié la rutina.

todo lo hice con devoción,

como quien ama sin red, sin condición.


Y después de tanta jornada,

un día lo supe —y fue como una bofetada—:

todo mi amor no bastaba para nada.


Entonces...

¿qué voy a hacer con mi planta,

si no florece, si no me acepta,

pero tampoco me suelta ni me mata?

No hay comentarios:

Publicar un comentario