miércoles, 10 de septiembre de 2025

Mi primer día con vos: Primavera


El aire estaba tibio, cargado de polen y la ciudad de Buenos Aires olía a comienzo.

Me desperté contento. 

Después de tanto tiempo tenía un motivo para reír de nuevo.

Todos los días, un mensaje al despertar.

Todos los días, esa rutina que me hace suspirar: el sueño perfecto de pertenecerle a alguien, de que sus ojos me busquen entre multitudes, incluso en la más profunda oscuridad.

Siento que todo cobra sentido en su presencia. 

Las mañanas se llenan de luz, las noches de promesas arden en un silencio que solo nosotros sabemos interpretar, el café huele a ella, las canciones erizan mi piel y cada pequeño gesto se convierte en recuerdos que jamás olvidaré.

Esta persona merece mi desvelo, todas las horas de mi reloj, que perfeccione una receta para que nunca olvide su sabor.

El destino me envió a ella por algo, como un latido que insiste en no callar y recordarme que esto es verdadero, que esto es diferente, que esto es para siempre, que acá me voy a quedar. 

Quiero cuidarte, quiero sanar tus heridas, llenar tus vacíos como espero que llenes los míos, quiero ganarme tu confianza para acompañarte toda la vida.

Llegué a mi puesto de flores al que voy siempre, con esa ansiedad de estrenar algo nuevo, como si los colores pudieran redibujar mi destino y crear algo eterno. 

Las vi: amarillas, brillantes, casi insolentes bajo la luz de la mañana.

Las elegí sin dudar, como tantas veces.

Y apenas las tuve en mis manos, escuché el murmullo, esa risa que se me clava en la nuca, esa voz que me atraviesa y mi mente estruja.


—¿de nuevo acá? —dijeron entre carcajadas.

—¿a quién vas a darnos esta vez? ¿qué nombre nuevo va a usarnos de excusa para tu ilusión? ¿quién va a romper esta vez tu pobre corazón?


Me mordí el labio, fingiendo no escuchar y apreté el ramo bien fuerte, como si pudiera callarlas, al mismo tiempo que intentaba estrangularlas.


—No va a ser igual —murmuré, convencido por un segundo.

—Ja… —bufaron—. Siempre decís lo mismo.

Nos vestís de esperanza, pero siempre terminamos como epitafio en el cementerio de Chacarita. 


El sol me daba de frente, pero sentí frío.

Seguí mi camino.

Entregué las flores, vi su sonrisa, tan llena de alegría, con hoyuelos que parecían poder calmar el caos que en mi interior vivía.

El beso del final hizo que valiera la pena escuchar el abucheo de las flores.

Ese día volví a ser canción.

Nos perdimos en acordes, musicalizando una historia de amor.

En realidad, yo me perdía en su voz, una melodía que parecía poder darme todo lo que siempre me faltó.




1 mes después: Verano


El calor pegaba fuerte contra las persianas bajas.

En su casa, el ventilador giraba lento, moviendo un aire espeso, cargado de sudor pero que ya no olía al perfume de sus besos, ni al de nuestros cuerpos.

Ya casi no tocábamos la guitarra.

Las canciones que antes nos envolvían ahora eran silencio, o, peor, ruidos de fondo que nadie quería escuchar.

Los planes llegaban como mandatos: salir a cenar, visitar amigos, sonreír en las fotos… igual nos dábamos la mano, más por costumbre que por gusto.

Ella estaba en el sillón, mirando el celular.

Reía de algo que no tenía mi nombre, y en esa risa sentí el filo invisible del desinterés.

Me levanté, buscando aire, intentando no enloquecer.

Mis ojos cayeron sobre el bouquet en agua sobre la mesa.

Me acerqué, atraído por un presentimiento.

El recipiente dorado que un día fue adorado, ahora era un pantano.

El agua ya no brillaba: era espesa, oscura, con un olor agrio, como de fruta podrida.

Lo que había sido sol en su ventana, ahora se inclinaba vencido, con bordes secos y tallos ablandecidos, sudando derrota bajo el calor pesado de Enero.

Entonces las escuché.

Esa carcajada que me eriza la piel, esa voz que sabe todo lo que temo, esa voz que me conoce mejor que yo mismo, que se burla de mis intentos de salvar lo que se pudre, que repite mis derrotas con un tono juguetón y cruel, que me recuerda que cada gesto, cada sonrisa, cada ilusión, es solo un reflejo efímero en un jarrón destinado a marchitarse.


—Mirá, mirá cómo nos cuidan —se burlaron, con voces agudas que me atravesaban la sien—.

Unos días de agua fresca, un rincón soleado… y después el olvido. 

Eso sos vos: entusiasmo breve, podredumbre segura.


Me acerqué, quise cambiar el agua, salvarlas de la muerte con un gesto tardío.

—Todavía puedo… —dije en voz baja. 

—No seas ridículo —escupió una de ellas—.

Aunque limpies el agua, el olor queda.

Aunque sonrías y finjas, la sombra del abandono no te va a dejar dormir ni en las noches más tranquilas. 


Me quedé quieto, con la transpiración pegándome la remera al cuerpo.

Detrás de mí, ella seguía riendo con la pantalla, y entendí que no era solo el verano el que me asfixiaba.

Las flores, reflejo de mí mismo, se marchitaban en un jarrón sucio, y yo también me pudría en la rutina. 

Me di cuenta que la habitación no olía a verano:

olía a otra derrota, al terror de lo inevitable, olía a dolor.

Después de enfrentar la podredumbre del jarrón y de sentir que las costumbres disfrazadas de amor me consumían, me quedé un instante en silencio, pensando en mis fracasos amorosos.

Aprendí, tal vez demasiado tarde, que no se puede salvar lo que no quiere ser salvado. Que cada intento que hago de llenar un vacío ajeno deja el mío más grande.

Y aun así, la vida seguía girando, insistente, implacable. 

Una nueva ilusión se acercaba, un nuevo rostro que traía consigo aromas distintos, hábitos distintos… y yo, como siempre, dispuesto a perderme de nuevo, por eso que tanto anhelo. 


Una nueva mujer — Otoño


El aire olía a hojas húmedas y a tierra mojada.

Caminaba por las veredas rotas de un barrio aledaño al mío, con un nuevo ramo amarillo en la mano, comprado, nuevamente, en mi florería de confianza, y mi pecho volvía a sentir una mezcla de emoción y vacío que esperaba con ansias ser llenado. 

Ella estaba adentro de la cafetería, esperándome con una sonrisa en su cara, con el cabello atado en un rodete alto pero medio desarreglado, su mirada buscaba la mía pero nuestros labios sonreían en otra sintonía.  

Intentaba sincronizarme con ella, como un tonto aprendiz de su mundo.

Las flores brillaban otra vez, como si ignoraran el destino que llevo grabado en mi piel, hasta que recordaron quién dirige este escenario… y el desprecio hacia mí comenzó otra vez.


—De nuevo el mismo teatro —dijeron con esa voz que retumba—.

¿Ya enterraste a la anterior? 

Tan rápido llenás el hueco, tan fácil cambiás de nombre, como si todo fuera un juego, ¿no? como si cada sonrisa pudiera tapar lo que dejás atrás. Creés que alguien va a salvarte de vos mismo, que el amor puede durar más que tus miedos pero siempre terminás igual: solo, buscando repetir la misma historia como si no supieras lo que va a pasar al final. ¿qué es lo que esperas encontrar afuera que no encontras en vos? 


Ignoré todo eso. Ni siquiera debería estar hablando con plantas... que demencia.

Me senté en el sillón donde ella hojeaba un libro que yo no entendía y empecé a adoptar sus hábitos: café con azúcar en exceso, series que odiaba, formas de hablar, maneras de reír, gestos que no eran míos, hasta su paso lento al caminar.

Era como si cada día me transformara en una copia, una sombra de ella, pidiendo a gritos que alguien finalmente me amara y no me dejara más.

Mi guitarra seguía guardada, como si tuviera que ocultarla, la música que antes nos unía ahora estaba olvidada. Pero yo no te olvido, no olvido tu voz, no me olvido de nada. No fuiste una más del montón, vos sí fuiste especial. Ahora estoy intentando curar lo que rompiste en mi. Pero te juro, fuiste y siempre vas a ser vos.

Hoy leo libros aburridos y finjo ser intelectual, te reirías de mi porque vos me conoces de verdad y sabes muy bien que los recuerdos del pasado, de lo que vivimos, de lo que soy, me hacen sentir fuera de lugar. 

Los acordes que componía a tu lado, se habían convertido en algo prohibido. 

Renuncié al cantautor en que me habías convertido para encajar en este nuevo estilo de vida.


—Nos vestís de sol, pero por dentro siempre somos lo mismo —decían las flores—. Un recordatorio de que tu corazón está podrido.


Y ahí estaba yo, con los ojos pegados a su espalda, olvidando mis ritmos, mis melodías, mis pensamientos, buscando en ella la razón para respirar, la excusa para existir un día más.

Y ellas, desde el jarrón, reían, burlándose de mi empeño, recordándome que todo sol que intento traer, termina en invierno. 


Punto final — Invierno


El invierno es cruel.

Trae un silencio que no consuela, un frío que se mete en los huesos y en la memoria.

Esta vez, las llamadas dejaron de sonar temprano. A ella le gustaba que mi voz fuera lo primero que escuchara. Ya no íbamos a librerías a buscar los libros que quería, ya no me contaba sus pesadillas, y ahora ella estaba lejos incluso estando cerca: ocupada con amigos, con su teléfono, con otros mundos donde yo no cabía.

Estaba en su casa, caminando de un lado a otro sin sentido, mirando cómo leía, con auriculares sobre sus orejas, ignorando mi existencia. Fue entonces que me acerqué a las flores, como por inercia y sin darme cuenta, mis dedos comenzaron a arrancar pétalos, uno tras otro, como cuando nos enamoramos de niños. 

Me quiere, no me quiere… me quiere, no me quiere…

Las voces de las flores se multiplicaban, agudas, burlonas, llenas de un odio paciente, esperando el momento perfecto para herirme conscientemente.


—Qué juego tan triste —decían—.

¿de verdad creés que un pétalo puede salvarte de lo que te rehusas a enfrentar? ¿que un gesto tan básico puede darle un motivo suficiente para quedarse a ocupar un lugar adentro tuyo que nunca se va a llenar?

Cada mujer que llega a tu vida es solo agua fresca en un jarrón podrido… que refleja tu propio rostro: un desperdicio de esperanza marchita.


El cuarto estaba helado.

La ventana empañada, con el viento pegando el frío del invierno en mis mejillas.

Cada respiración parecía durar siglos, como si el tiempo se burlara de mi incapacidad de soltar.

Y entonces, la sentencia que ya sabía de memoria: no son ellas las que se van. 

Soy yo el que las marchita, arruinando sus vidas.

Mi cuerpo seguía allí, pero mi mente vagaba por los recuerdos de besos que se convirtieron en rutina, de abrazos que se hicieron mecánicos, de música que ya no era música, de risas que dejaron de pertenecerme.

La tarde incómoda pasó a ser noche y lo que intentaba evitar con tantas fuerzas, sucedió: 

"no somos compatibles", me dijo sin rencor, como aceptando que solo fui un capítulo breve mientras yo soñaba con un "final feliz". 

Rogué, lloré, supliqué, pero, como siempre, la relación terminó: con un adiós frío, con el silencio de su puerta cerrándose, con el espacio vacío que me devolvía a los huecos de mi mente cuando no tengo a alguien para entretenerme.

Además de despedirse de mi, se despidió también de las flores y me demostró que, en realidad, nunca le importaron.

Me pidió que me lleve el jarrón, como si supiera que es un testigo silencioso de una condena repetitiva que debo cargar.

Me fui, no miré atrás porque no era tiempo de descanso.

Sabía que una nueva mujer llamaba desde otra esquina de mi vida, una nueva ilusión que traía su propio aroma, sus propios hábitos, su propio reflejo en el que perderme. 

Tengo tanto amor para dar que no puedo perder tiempo, no puedo esperar a sanar.

Las flores ya marrones me miraban, y susurraban, esta vez con un tono más cruel que nunca:


—Ahí vas otra vez, expectante de quien va a caer en tus brazos esta vez.

Ahí vas a repetir la historia que ya conocemos de memoria, pero nosotros estaremos acá, esperando que el próximo ramo se marchite, esperando que dejes que la ilusión, el amor, la esperanza, lo poco que te ata a este mundo, se evapore como lo hacen tus lágrimas fingidas... a ver, finalmente, te marchitas también.


Me quedé sentado en el sucio suelo de las calles de la ciudad, mirando las flores muertas, entendiendo que yo también era parte del agua podrida, como me decían cada vez que me veían; un pétalo más en un ciclo que por costumbre me niego a romper, en el verano que se repite, en el invierno que siempre llega para recordarme: que todo lo que toco, todo lo que amo, está condenado a marchitarse, y que tal vez yo también debo dejarme consumir, disolverme entre los restos de todo lo que alguna vez quise y ya no esperar otra estación llegar.

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